2ª Samuel 11, 1 -- 12, 15a
[11, 1-5]
Todo mal tiene un contexto, ninguna situación ocurre aislada, sino que se da en medio de diversas circunstancias que favorecen los hechos. David se encontraba solo (todos estaban en la batalla), vio la mujer y utilizó su poder de rey para obtener aquella mujer que no le pertenecía.
Es bien sabido que “la ocasión hace al ladrón”, por eso es importante que nosotros aprendamos a darnos cuenta cuales son aquellas situaciones y aquellos lugares que nos llevan a hacer el mal, porque solo si sabemos identificarlos podremos alejarnos de ellos. El pecado no es estar en esas situaciones o lugares, sino consentir lo que vendrá después.
David utilizó su influencia de rey para el mal, tal vez nosotros no seamos reyes, ni presidentes, ni jefes de alguna multinacional, pero tenemos un poder muy grande que podemos utilizar para bien o para mal: nuestra libertad.
[11, 6-13]
Aparece ahora en el relato Urías, esposo de la mujer con la que David se había acostado, el texto nos presenta a Urías como un hombre justo, respetuoso de las cosas de Dios y solidario con la situación de sus hermanos.
David intenta engañar a Urías, pero su recto actuar lo libra de caer en este engaño. Con el pecado, David se ha complicado la vida, lo mismo que hacemos nosotros cuando obramos el mal y luego, el camino en bajada resulta más “rápido” que asumir que, aunque cueste, la meta del camino esta arriba.
Uno y otro intento David por esconder el fruto de su pecado tras Urías, pero la rectitud de éste es más fuerte que los engaños de David.
[11, 14-27]
El mal, si no es reconocido y combatido, crece, y eso es lo que pasa en este relato de David. Al no poder doblegar la rectitud de Urías y así esconder su pecado, ordena su muerte.
David es, un poco, el prototipo de nuestra sociedad moderna: a aquellos que por su rectitud (sin palabras) cuestionan y atacan la conciencia, a aquellos que son coherentes con su fe, a aquellos que no se olvidan de los demás… la maldad organizada los elimina. Y en nuestros tiempos tenemos mil maneras de eliminar a los que nos cuestionan nuestras malas obras: no les hablamos mas, los olvidamos y despreciamos, los echamos de nuestras empresas (o de nuestras familias) y mil maneras mas de “matar” a los demás; y cuando ya matamos a uno, nos empieza a resultar igual que sea uno o sean diez, o mil. A David le ocurrió lo mismo y se volvió insensible ante la muerte de los demás hasta el punto de justificar sus muertes.
Al final de la primera parte de este relato David obtuvo lo que quería a precio de engaños y sangre… pero también aparece el juicio de Dios… “desagrado al Señor”.
[12, 1-6]
Aparece un personaje más en la historia, un profeta enviado por Dios. Este profeta cuanta a David una situación injusta y este se enfurece y destina a la muerte a aquel hombre que había obrado tan mal. Y es que siempre es más fácil ver, juzgar y condenar los errores en los demás que en nosotros mismos… es mas, cuantas veces proyectamos nuestros propios pecados en los demás.
Que fácil es enfurecernos con el pecado del otro, ya que eso nos saca de nosotros mismos y nos olvidamos de nuestras propias infidelidades.
[12, 7-15a]
Finalmente es el profeta quien hace caer en la cuenta a David que ese hombre injusto era el mismo. David había sido bendecido con muchos bienes, victorias en las batallas y mis cosas más por el Señor, y a pesar de ello su corazón quiso más, y lo consiguió utilizando el mal.
Muchas veces en nuestra vida tenemos algo de David, ya que afirmamos que “siempre nos falta algo”, nunca nos quedamos agradecidos con lo que el Señor nos ha dado y buscamos a toda costa más. Esto no quiere decir que debamos quedarnos siempre de brazos cruzados sin querer progresar o adelantar en nuestra vida, sino que este progreso nunca debe ser “a costa” de los demás, debemos respetar la libertad, la dignidad y la vida de nuestros hermanos “a toda costa”.
Pero lo más importante de esta historia de David es que él reconoce su pecado “¡He pecado contra el Señor!”, no se queda encerrado buscando falsas justificaciones, ni tampoco niega su culpa, y por este reconocimiento Dios se olvida, “borra”, su pecado.
El reconocer nuestra falta es el primer paso de nuestra conversión, debemos primero aceptarnos pecadores para que el Señor, el Dios-misericordia, borre nuestros pecados y nos regale una vida nueva.
Martin Daniel Gonzalez ::: martindanielgonzalez@yahoo.com.ar |