Filipenses 2 , 5 - 11


[5]

 

Ante este pedido que hace san Pablo a los Filipenses, y que hoy nos hace a nosotros, cabe hacernos una pregunta: ¿Qué sintió Jesús? ¿Qué pasó en su corazón para que, abandonando los cielos, viniera a morar con nosotros?... y la respuesta es una sola: AMOR

El amor a los hombres hizo a Cristo venir a compartir nuestra humanidad y nuestros problemas, por eso nuestro sentimiento hacia los demás hombres debe ser el amor, un amor que nos mueva a no poder ser indiferente ante sus problemas y sus tristezas. Cuánto cambiaría si todos tuviéramos los sentimientos de Jesús, se acabarían los egoísmos y el pensar solo en mi bienestar, me interesaría mi hermano y no podría soportar su pobreza desde mi abundancia; porque el amor nos movería a comprender que somos parte de un mismo cuerpo y que así como Dios nos quiere a todos por igual, nosotros deberíamos hacer lo mismo para tener los mismos sentimientos de Dios.

Mientras el odio, el rencor, la venganza y la injusticia tengan un lugar en nuestro corazón, estaremos albergando sentimientos que no son los de Cristo Jesús.

 

[6-8]

 

¡Qué grandeza la de Dios que se hace pequeño! Las cualidades de Dios son inmensamente mayores que las de los hombres y el ser de Dios infinitamente más grande que el del hombre; aun así Jesús no tuvo en cuenta esto y vino a compartir nuestro camino.

Cuantas veces a nosotros, seres pequeños, no cuesta tanto asumir el camino de “otros hombres” más pequeños, cuanto nos cuesta a veces acercar nuestro corazón a sus vidas y entregarnos a ellos. Y cuanto admiramos a quienes como la Madre Teresa, Monseñor Romero, P. Hurtado y tantos otros, son capaces de hacerse uno mas con los sufrientes, perseguidos y abandonados.

Por eso, este acto de Dios de abajarse a nuestras miserias es digno de contemplación y adoración, porque no solo se hizo hombre, sino que se hizo el más pequeño de los hombres. Se hizo servidor para mostrarnos el camino. Se hizo en todo igual que nosotros, en su nacimiento, en su niñez, en su crecimiento, en el dolor y el hambre, en la persecución y el llanto, en el cansancio y la alegría… y hasta la muerte; y todo esto para mostrarnos que en medio de todas las cosas de la vida se puede seguir el camino de la voluntad del Padre.

Muchas veces pensamos que Dios esta lejos de mi dolor y de mi sufrimiento y que no puede entenderme cuando, desesperado, me dirijo a él; pero, desde la Encarnación, nada de lo humano es desconocido a Dios, desde que Dios se hizo hombre en Jesús, experimentó “en carne propia” la grandeza y la bajeza del corazón humano.

 

[9-11]

 

Que gran misterio este de Cristo, que gran obra de amor la de Dios hecho hombre… ante este hombre se postra la creación entera, ante este Dios todos proclaman: “Jesucristo es el Señor”

El cielo, la tierra y los abismos conocen la grandeza de este Dios… nosotros conocemos también su pequeñez. No somos discípulos de un Dios lejano que desconocemos, somos discípulos y amigos de Cristo, el Dios con nosotros.