Jeremías 1 , 4 - 10
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Dios dirige su palabra hacia nosotros constantemente, pero para poder escucharla debemos estar disponibles y atentos.
Si nuestros oídos y nuestro corazón están contantemente ocupados con otras cosas, otros “ruidos”, seremos incapaces de escuchar la voz de Dios. Además debemos ser libres, ya que muchas veces solo escuchamos lo que queremos escuchar y no lo que Dios quiere decirnos.
La libertad y el desprendimiento interior hacen de nosotros hombres capaces de identificar la voz de Dios de en medio de tantos ruidos y tantas voces que nos aturden día a día; y a la vez, escuchar esta voz, esta Palabra, nos hace nuevamente mas libres.
Nuestro mundo de hoy se ha vuelto incapaz de detenerse y escuchar a Dios, y es que la palabra de Dios sobre el hombre interpela, llama al cambio, exige solidaridad y preocupación por el bien común, pide compromiso con el hermano, y todas estas actitudes no prosperan desde el egoísmo de nuestro tiempo.
Pero, por gracia de Dios, aún hay hombres y mujeres, pequeños y grandes, ricos y pobres que, aun en medio del bullicio de la vida, escuchan y siguen la voz del maestro, trayendo así al mundo nuevas esperanzas.
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El llamado de Dios es desde la eternidad, desde siempre Dios tiene un proyecto pensado para nosotros y en el ha puesto nuestra dicha y nuestra felicidad.
Muchas veces pensamos que responder a la misión que Dios tiene preparada para nosotros es “renunciar a ser felices”. Nada mas alejado de la realidad, ya que Dios quiere la felicidad de sus hijos y nunca nos propondrá algo que nos aleje de ella.
Este llamado eterno que el Señor nos hace, esta consagración desde el vientre de nuestra madre, es también para bien de los demás. Responder afirmativamente a Dios es decir no a nuestro egoísmo, es decir no a buscar “solo” nuestro bien a cualquier precio, es “ser para lo demás”; esto nos hace más imagen de Dios, que es el Dios que nos ama y que amando nos da vida.
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¡Ah, Señor! Cuántas excusas solemos poner a la hora de responderte. Jeremías aquí utiliza una muy conocida: “mira que soy demasiado joven”, pero cada uno de nosotros conoce bien con que excusa rechaza el llamado de Dios. “No tengo tiempo”, “no tengo fuerzas”, “eso no es para mi”, “¿y mi familia?”,”Yo vivo para el trabajo!”… y mil excusas mas que podríamos añadir a esta lista, cosas que pensamos o decimos cando escuchamos esa voz de Dios que nos llama.
Cuando nos excusamos y rechazamos este llamado del Señor, estamos rechazando también esa posibilidad de plenitud en el que nos ofrece Dios, y estamos negando también a los demás la posibilidad de conocer, por nosotros, al Dios-Amor.
Por esto, al escuchar la voz de Dios, pensemos seriamente antes de excusarnos, y apoyémonos en la seguridad de que para Dios no hay imposibles.
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Nuestras excusas ante el Señor son nada, porque para él nada es imposible. Podemos anteponer a Dios nuestros limites, pero él puede hace que los superemos (con nuestra ayuda, claro!).
Cuando Dios comienza a ver que nuestra excusas se debilitan, y que hay algún indicio de querer responder a su voz, intensifica su llamada, y su voz se hace imperiosa y su llamado casi nos suena a una orden… y en verdad, “su llamado es una orden”, es una orden a nuestra limitaciones para que estas desaparezcan y nos dejen libertad ante la voz y la misión de Dios.
Al comenzar a responder a esta voz que nos llama, somos asistidos por el poder del Altísimo, por esa fuerza que nos capacita, ya que Dios no solo llama a los capaces sino que capacita a los que llama.
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Puede ser que ante la magnitud del llamado de Dios comencemos a sentir un poco de miedo ante la misión, y es que ninguna misión es pequeña, pero es Dios quien nos da la fortaleza para aceptarla y realizarla.
“No temas… porque Yo estoy contigo” es el mensaje del Señor. Esa presencia puede ser eral de muchas maneras: a través de la fortaleza espiritual, a través de algún compañero de camino, de nuestra familia o de la comunidad eclesial toda.
Hoy mas que nunca el mundo al cual somos enviados es violento, por eso para realizar nuestra misión necesitamos la fuerza que brota de la profunda confianza de que Dios esta con nosotros.
Este llamado, más que esclavizarnos a una tarea, nos libera de las ataduras de nuestro egoísmo, de nuestra falta de amor a los demás y nos capacita para amar libremente a todos sin preocuparnos por nada ya que Dios esta con nosotros.
Debemos abrir nuestro corazón y recibir el DON del llamado del Señor.
[9-10]
En esta misión a la cual estamos llamados, hay algo muy importante, no somos enviados en “nombre propio”, sino que es Dios quien nos impone las manos y nos envía.
Tal vez andemos por el mundo con las manos y los bolsillos vacios, pero en nuestra boca siempre debe estar la Palabra del Señor, pues sino nuestra respuesta a su llamada se torna vana. Si solo decimos lo que los demás quieren escuchar, entonces el mensaje que estamos llevando… ¿de quien es?
Muchas veces las palabras del Señor duelen, y nosotros fuimos llamados a pronunciar también estas palabras, aquellas palabras que son capaces de arrancar del corazón del hombre el mal y el pecado para plantar allí el amor y la paz. Algunas veces habrá que derribar y demoler los viejos edificios del orgullo y del egoísmo para construir y edificar estructuras mas justas donde quepamos todos.
Estamos llamados a ser testigos y profetas del Señor… ¿aceptamos la misión?
Martin Daniel Gonzalez ::: martindanielgonzalez@yahoo.com.ar