El Sembrador ::: Recursos Catolicos para la Nueva Evangelización ::: 2002 - 2007


 

 

Jeremías 2 , 1 - 13


[1-3]

 

El señor no se olvida nunca de sus hijos, por esto dice a Jeremías que recuerde a Jerusalén que Dios no se ha olvidado de la fidelidad de Dios en otros tiempos, en su juventud. Dios recuerda con alegría el entusiasmo de aquel pueblo cuando conoció al Señor y como lo seguía sin importar nada y Dios se complacía en cuidar sus cosechas y en amonestar a quienes hacían mal a este pueblo.

El pueblo de Israel es imagen de cada uno de nosotros, muchas veces nuestra historia con Dios transcurre por estos caminos. En nuestra juventud, al tiempo de conocer al Señor, nos entusiasmamos, y por seguirlo no importa si tenemos que cruzar desiertos, subir montañas o cualquier cosa que debamos hacer y Dios se complace en darnos la felicidad que brota de su mismo ser y se regocija viéndonos a nosotros, sus hijos, transitar por sus caminos hacia la plena felicidad.

 

[4-7]

 

Una pregunta de Dios a las familias: ¿qué les hice para que se alejaran de mi? ¿Por qué no preguntaron donde esta el Señor? Estas preguntas-reproche de Dios son para hacer reflexionar el porque han puesto su fe en otras cosas; y se dirige a las familias, ya que la fe esta también un “bien de familia”.

Me duele cuando escucho a algunos padres “modernos” decir: “Yo no le hablo de Dios a mis hijos para que cuando sean mayores sean ‘libres' de elegir lo que quieran… no quiero cortarles la libertad”. ¡Pero… ¿Cómo elegirán lo que no conocen? ¿Acaso no es eso “condenar” a los hijos a repetir las actitudes de los padres?

Es esta la actitud que Dios hace notar a las familias de Israel, los hijos se han olvidado de los prodigios que Yavé había hecho por sus padres porque estos también los habían olvidado. Y es que la fe, mas que enseñarse, se contagia. Si veo alguien que vive su fe alegremente, con facilidad creeré en un Dios que es Amor; al contrario, si veo alguien que lleva su fe como una carga y le provoca tristeza, me haré la imagen de un Dios opresor que se alegra con el sufrimiento de sus fieles.

Lo cierto es que no es Dios el que se olvida de su pueblo, es el pueblo el que, olvidando todo lo que el Señor ha hecho por él y todo lo que le ha dado, puebla de ingratitudes y hecha por tierra los dones del Señor.

 

[8]

 

Un reproche especial dirige el Señor a aquellos que tienen la misión de guiar al pueblo: sacerdotes, depositarios de la ley, pastores y profetas, ni siquiera ellos han permanecido fieles al Señor, es mas, ni siquiera se han preguntado ¿dónde esta el Señor? Y corrieron detrás de los que no sirven de nada.

Vislumbramos aquí la experiencia de un Dios-Abandonado. Abandonado por su pueblo elegido y por los que eligió especialmente para que lo guiara.

Sin hacer absurdos anacronismos, es la experiencia de Dios en nuestros días; el Dios que se ha “atado las manos” ante el hombre dándole la libertad, hoy es testigo de un mundo que se ha olvidado de él, pero no solo eso, sino que, olvidándose de él, se ha ido detrás de cosas que no sirven de nada, privilegiando el poder, el placer y el tener antes que si fin último: la felicidad junto a Dios.

El hombre ha dejado de confiar en que Dios vela por su felicidad y ha renunciado a tener la seguridad de que su fin último se encuentra en Dios; por eso lo ha abandonado y busca pequeñas seguridades de donde aferrarse para “sobrevivir” mañana, busca placeres inmediatos porque estas seguridades, estos ídolos, son pequeños… igual que él y no sabe si mañana podrá ser feliz.

Recuperar a Dios en el horizonte y en el camino, es volver a afirmar que todo tiene un sentido y que hay Alguien que vela por mi y por los míos.

 

[9-13]

 

Que gran contradicción la de los hombres, que gran ingratitud del pueblo elegido por Dios luego de tantos favores, luego de conducirlos por medio de los peligros del desierto y de entregarles un “país de vergeles” el pueblo ha elegido no seguir al Señor. Y es que también nosotros muchas veces obramos con la misma ingratitud. No sabemos reconocer al Dios que nos ha entregado la vida y todo lo que tenemos. Cuando olvidamos a Dios y nos apartamos de sus caminos, estamos optando por la no-felicidad y la no-vida… y ¡cuánto se apena el corazón de Dios con esto!, ya que su gloria es que “el hombre viva”.

Jeremías es muy gráfico para describir esta elección que realizamos los hombres, este cambiar “su Gloria por algo que no sirve de nada” y dice, aludiendo al pueblo, que ha cambiado una “fuente de agua viva” por una “cisterna agrietada”. El cambio que ha hecho el pueblo no tiene razón de ser, ha dejado de beber el agua de la fuente, un agua pura, que brota constantemente, que para obtenerla no tiene mas esfuerzo que ir hasta ella, por un pozo de agua para el cual se ha fatigado cavando, se ha esforzado buscando la napa de agua, debe buscar con que sacar agua del pozo y además es un agua turbia; así de significativo es el cambio que ha hecho el pueblo dejando a Dios y yendo tras los ídolos.

Y es que el corazón del hombre es complicado, nuestro corazón es complicado y muchas veces buscamos complicarnos más nuestra existencia. Muchas veces olvidamos la grandeza de Dios y buscamos y nos fabricamos ídolos que son del tamaño de nuestra pequeñez. Nos alejamos del Dios que es paz para dejarnos consumir por la débil tranquilidad de las riquezas. Dejamos de lado al Dios que es nuestra felicidad para cambiarlo por placeres pasajeros que duran “lo que un soplo”. Abandonamos al Dios poderoso y nos contentamos con nuestro poder sobre los demás.

Abandonar a los ídolos, es dar a Dios todo lo que es de Dios y no a las cosas, es recurrir a la fuente de agua viva y no a las cisternas agrietadas, es ser conscientes de que solo hallaremos la plena felicidad en el Dios de la vida. Es recordarnos a nosotros mismos, a nuestros hijos ya los hijos de nuestros hijos, que tenemos un Dios grande y fiel que vela por nosotros.

 

 

 


Martin Daniel Gonzalez ::: martindanielgonzalez@yahoo.com.ar

 

 
 

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