Juan 21, 1 - 13


[1-3]

Tristeza, angustia, sin sentido, confusión, serán algunos de los sentimientos que pasarían por el corazón de los discípulos luego de la muerte de su maestro. Nos cuentan los evangelios que permanecían encerrados por temor a los judíos, por temor a que hicieran con ellos lo mismo que con Jesús. Pero en medio de todo esto Pedro toma la iniciativa, pareciera que siente añoranzas de su viejo oficio de pescador… cuanto quisiera Pedro en este momento volverse atrás y olvidar sus últimos tres años. Junto a él, van también otros apóstoles, algunos de ellos también ex pescadores.
Nos suele ocurrir también a nosotros, que una vez en el camino del Señor, cuando nos enfrentamos con la cruz que surge de seguir a Cristo, queremos dar un paso al costado y volvernos a nuestro antiguo camino. Cuando los demás nos desprecian, se burlan de nosotros, o simplemente nos ignoran por llevar el nombre de cristianos, tenemos la tentación de dejar el camino del Señor.
Pedro comienza a creer que lo que han hecho con Jesús no ha servido de nada, que nada ha quedado de todo aquello, no alcanza a darse cuenta que ese puñado de hombres y mujeres que están junto a él es el primer fruto de ese árbol de la cruz que ha sido plantado. Pedro se siente “vacío de Cristo”… por eso “no pescaron nada”, y así pasaron toda la noche, sin descubrir ya en ellos el germen de la resurrección.

[4-6a]

Sus ojos, que eran incapaces de ver a Cristo en cada uno de ellos, se vuelven también incapaces de verlo cuando se presenta ante ellos. La tristeza no les permite reaccionar ante la presencia ni ante las palabras de este “desconocido” que les habla desde la orilla; pero de todos modos hacen caso a sus palabras, seguramente pensando “ya no hay nada que perder”.
En nuestros días, muchas veces pasamos por esta situación, tenemos a Jesús frente a nuestro ojos en la persona de los hermanos, pero no alcanzamos a reconocerlo; escuchamos su voz que nos habla por medio de tantas cosas, pero no llegamos a comprenderlo, pero lo importante es que, aunque no lleguemos a comprender plenamente las palabras que escuchamos, podamos arriesgarnos y “tirar nuestras redes”.

[6b-8]

Solo cuando uno se arriesga es capaz de reconocer al Señor, arriesgarse es salir de la tristeza y de la angustia y lanzarse hacia esa luz de esperanza.
Los apóstoles solo estaban a unos cien metros de Jesús que se encontraba en la orilla, pero la angustia y la tristeza en su corazón agrandaban esta distancia hasta el infinito. Cuando ven el signo y lo reconocen, sus corazones y sus ojos se abren y son capaces de decir: ¡es el Señor!
Pedro no puede contener su alegría y se lanza al agua, sin importarle ya la pesca, es su Señor y él quiere estar con él. Ahora, para Pedro, el amanecer tiene otra luz y esos rincones de su vida que yacían a la sombra de la cruz, se llenan con la luz y el resplandor de la resurrección.
¡Cuánto se transformarían nuestras vidas si nos dejáramos iluminar por Cristo resucitado! si pudiéramos cada día abandonar las tinieblas de nuestros pequeños sepulcros y nacer ala luz de una vida nueva.

[9-13]

Jesús no se presenta frente a los discípulos con el resplandor de su majestad, ni tampoco con grandes signos y prodigios, sino en la simpleza de las cosas cotidianas. Luego de intentar pescar toda la noche, los discípulos seguramente estarían cansados y hambrientos, y Jesús una vez más se hace el servidor y prepara panes y pescado, pero además pide también el fruto del trabajo de los apóstoles.
Y estando así muy pronto los apóstoles recobraron la familiaridad con Jesús y comieron con él. Esta figura del Dios sencillo que comparte dones sencillos nos recuerda también aquella otra del libro del Apocalipsis: “estoy a la puerta y llamo, si me abres, entraré y cenaremos juntos”
Cuanta falta nos hace a todos los cristianos sentarnos a la mesa con Jesús y compartir sus dones y los nuestros (que en el fondo también vienen de él). El Cristo resucitado es el Emanuel, el Dios con nosotros por toda la eternidad y que se hace presente cuando entre nosotros compartimos el mismo pan.