Juan 8 , 1 - 11 ::: La mujer adultera
Jesús volvía del monte de los Olivos, volvía de estar a solas con su Padre, pues todos habían vuelto a sus casas (7, 53). El encuentro mediante la oración con el Dios que le encomendó la misión y lo envió, le había dado fuerzas para volver con su gente, y, con paciencia, enseñarles nuevamente los designios del Padre. Luego de la oración, Jesús no subió místicamente abandonando la tierra, ni siquiera se hizo monje, ni se separo de los demás; al contrario, con mas fuerzas volvió al encuentro de sus hermanos.
Muchas veces, al terminar nuestras oraciones, tenemos la tentación de apartarnos de todos, condenar a quienes no entraron en contacto con nosotros (¡quienes no hicieron el retiro!)y creer que ya no necesitamos hacer nada mas; cuando en realidad nuestra misión es, como Jesús, volver y enseñar a los demás.
“Entonces se sentó y empezó a hablarles”. Jesús no pensó en hablarles solo un momento para que lo dejaran de molestar y luego irse. Por eso se sentó. Pues quiso tomarse su tiempo para los oyentes de su palabra.
Con nosotros hace lo mismo, se toma tiempo y se dedica a hablarnos y escucharnos, el problema es que la mayoría de las veces somos nosotros los que no nos “sentamos” y solo escuchamos a Jesús como de paso, y le hablamos a las apuradas... y después decimos que “nadie nos escucha”, el está siempre dispuesto a escucharnos.
El evangelio no nos dice de que les hablaba Jesús, pero si recordamos que venia de “hablar con su Padre”, nos resultaría fácil imaginarnos que les hablaba del Reino y del amor con que el Padre lo preparo para todos los que se dediquen al Amor.
No me cuesta imaginar la interrupción de los escribas y fariseos, hombres con ropas elegantes, con largas tiras en sus mangas con los preceptos de la ley, empujando a los que escuchaban a Jesús, tirando en medio de todos a esta pecadora publica.
Ante todo esto se pone de pie. Su corazón casi que ni soporta tanto desamor entre los hombres... y es que a todos nos cuesta entender aquellas palabras viejas del Antiguo Testamento: “Quiero misericordia y no sacrificio”. Podríamos decir “el Antiguo Testamento ya esta superado”, pero en nuestros actos no se nota.
Grande fue el pecado de esta mujer, pero grandes y muchos los de estos hombres. Con orgullo y con afán de trampa exponer a Jesús el delito de esta mujer que se entrego, quien sabe porque, a otro hombre que no era su marido. Nadie le pregunto porque, nadie tuvo compasión de ella... ¡pero no importa! Lo que importa para estos hombres es la ley, y la ley dice... “hay que apedrear”.
Imagino el silencio y la mirada de Jesús. Se inclina hasta el suelo y escribe en la tierra... ¿misericordia?, ¿perdón? ... la Biblia no dice que, pero esa imagen es tan rica que no la podemos dejar pasar.
Dios nos regala tantas cosas, tanto amor, y nosotros no lo sabemos aprovechar. Nos regala una familia y miles de veces la juzgamos tan pero tan mal como los escribas y fariseos, nos regala amigos a los que fallamos, nos regala una vida que malgastamos, un mundo que destruimos... su amor que no aceptamos... en esos momentos me lo imagino a Jesús, su mirada y su silencio, inclinándose hasta el suelo y escribiendo nuestro nombre, una y otra vez nuestro nombre, y abajo: “te amo, morí por ti” .
Pero volvamos al relato del evangelio, porque Jesús no se queda en el suelo escribiendo, sino que se levanta y habla, y lo hace con las palabras mas sabias que nunca hayan escuchado los escribas y fariseos, “ El que no tenga pecado que arroje la primera piedra”; diríamos nosotros: “lo mato”, porque nadie se animo a levantar un dedo, y tan seguro estaba Jesús de que nadie haría nada que nuevamente se puso a escribir en el suelo, ¿imaginan? Yo imagino unas palabras hacia el Padre: “Gracias”.
Uno a uno se retiraron, porque la realidad de todos los hombres, de todos nosotros es que vivimos en constante pecado. Nadie tiraría la primera piedra, porque la segunda caería sobre si mismo. Y si nos miramos a nosotros mismos: ¿que día pasamos sin hablar mal de alguien? ¿sin contar un chisme?... escribas, fariseos.
Y quedaron solos: la miseria y la misericordia. Pero a Jesús no le impresiona ni le repugnan nuestro pecados porque nos ama, y mirando a los ojos a la mujer dice: “ Mujer, ¿donde están tus acusadores? ¿alguien te ha condenado?”, porque Jesús no es quien nos acusa, pues él vino a salvarnos de nuestro pecados, ese por el que nosotros mismos nos acusamos y acusamos a los demás. Cada vez que caemos como la mujer adultera, pues ella estaba en el piso, Jesús se pone a nuestra altura, se agacha, toca la tierra, se hace como nosotros y no mira nuestro pecado sino nuestra debilidad. Delante de Jesús “nadie” puede acusarnos, pues él desde la cruz ha perdonado nuestros pecados.
Y le dice Jesús a la mujer, y nos dice a cada uno de nosotros: “ Yo tampoco te condeno” pues el no vino a condenar, sino a salvar y a entregar la vida en rescate por todos.
Cuando nos acercamos al sacramento de la Reconciliación, en nuestro interior se sucede toda esta hermosa trama, y por las palabras del sacerdote: “ Yo te absuelvo...” Jesús nos dice “ Yo tampoco te condeno” pero esta reconciliación no es para que nuevamente caigamos, sino para que realicemos el firme propósito de no pecar mas. Jesús termina diciendo: “ Vete, no peques mas en adelante” ; devuelve a la mujer su pureza, pero esto no la habilita a seguir pecando, sino que la invita y le da el ánimos para salir de su pecado.
Con nosotros pasa lo mismo cuando nos reconciliamos, no solo se nos borra las manchas que el pecado ha hecho, sino que también Jesús nos regala la gracia de la fortaleza en la tentación, para que el Dios de la misericordia nos sostenga en la duda y nos levante en la caída. Imagino que Jesús no dejo a la mujer en el suelo, sino que junto a las palabras: “ Yo tampoco te condeno” le tendió la mano y la levanto, devolviéndole la dignidad que el pecado y los hombres acusadores le hicieron perder.
Dios es siempre la mano tendida, quien desea puede aferrarse y caminar con él.
Martin Daniel Gonzalez ::: martindanielgonzalez@yahoo.com.ar