Salmo 51 (50), 3 - 7


[3-4]

 

Este salmo nos expresa la súplica de David al Señor luego de haberse descubierto pecador con la ayuda del profeta Natán (2Sam. 11-12)

El salmista invoca al Señor pidiendo piedad, pero no una piedad obtenida por obras o sacrificios realizados, sino basada en la bondad y en la gran compasión del Señor; y es que ante la ofensa hecha no hay actos que puedan “reparar”. Pero hay algo más grande que los actos, mas grande que nuestra conciencia y mucho mas grande aun que el pecado cometido… la bondad del Señor.

Y esta bondad del Señor no se limita solo a decir “aquí no ha pasado nada”, sino que nos lava y purifica totalmente de nuestras faltas.

La clave aquí esta en la confianza, debemos tener la plena seguridad de que la bondad del Señor esta siempre disponible para nosotros, no importa si es solo una “mentirilla” o si es “adulterio, engaños y muerte” como en el caso de David. Dios estará dispuesto a hacer desaparecer nuestras faltas si apelamos a su compasión.

 

[5-6a]

 

Además de reconocer la gran bondad del Señor, debemos reconocer también nuestras faltas. Reconocer las faltas no es solo enumerar lo que he hecho mal, sino que también es llegar a decir “ojala nunca lo hubiera hecho”, es decir junto a David “mi pecado esta siempre ante mi”.

Reconocer la bondad y la grandeza de Dios y ver nuestra pequeñez ante él, es entrar en el dinamismo del perdón; es saber reconocernos creaturas débiles, pero creaturas salidas de sus manos.

El pecado, nuestra maldad, aunque haya sido dirigida a los hermanos, es siempre también contra el Señor, ya que él se encuentra en ellos; es esto lo que lleva al salmista a decir: “contra ti, cintra ti solo pequé”, pero a su vez tiene la certeza de que será perdonado, por eso se presenta reconociendo el pecado y confiando en su misericordia.

Pero la mayor parte de las veces, este reconocer nuestras faltas y nuestros pecados es el paso que mas nos cuesta, vemos “la pelusa en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro”. Con mucha facilidad nos excusamos de nuestros yerros y justificamos nuestras malas acciones.

Es necesario, por eso, pedir la asistencia de Dios para reconocer nuestras caídas, porque si no las reconocemos no pueden ser objetos de la misericordia de Dios. “Dios no puede reparar aquello que nosotros decimos que no esta roto”

 

[6b-7]

 

Dios es un Dios justo y juzga con justicia, pero su justicia no es como la de los hombres, la justicia de Dios esta regida por el amor, por eso la sentencia de este Dios que es Padre, siempre es en bien de sus hijos.

Nuestra naturaleza humana esta marcada por el pecado, y además, todos los días nosotros nos ocupamos de marcarla un poco más. La corrupción, la violencia, las rivalidades, los rencores no forman parte del proyecto original de Dios para los hombres, nosotros, por nuestra libertad, hemos ido optando por nosotros mismos, por nuestro bienestar y nuestro placer, y nos hemos olvidado de los demás y de Dios.

La justicia de Dios es lo mejor que nos puede pasar, por eso acerquémonos a él consientes de que su amor por nosotros nos lava totalmente de nuestros pecados, nos restaura y asegura el camino hacia nuestra verdadera y plena felicidad.