El Sembrador ::: Recursos Catolicos para la Nueva Evangelización ::: 2002 - 2007


 

 

Cuando se piensa


Cuando se piensa que ni  la Santísima Virgen puede hacer lo que un sacerdote;

Cuando se piensa que ni  los ángeles, ni los arcángeles, ni Miguel, ni Gabriel, ni Rafael, ni príncipe  alguno  de aquellos que vencieron a  Lucifer pueden hacer lo que un sacerdote;

Cuando se piensa que  Nuestro Señor Jesucristo, en la última Cena, realizó un milagro más grande que  la creación del universo con todos sus esplendores, y fue convertir el pan y el  vino en su Cuerpo y su sangre para alimentar al mundo; y que este portento, ante  el cual se arrodillan los ángeles y los hombres, puede repetirlo cada día un  sacerdote;

Cuando se piensa en el  otro milagro que solamente un sacerdote puede realizar: perdonar los pecados, y  que lo que él ata en el fondo de su humilde confesionario, Dios, obligado por su  propia palabra, lo ata en el Cielo, y lo que él desata, en el mismo instante lo  desata Dios;

Cuando se piensa que la  humanidad se ha redimido y que el mundo subsiste porque hay hombres y mujeres  que se alimentan cada día de ese Cuerpo y de esa Sangre redentora que sólo un  sacerdote puede realizar;

Cuando se piensa que el  mundo moriría de la peor hambre si llegara a faltarle ese poquito de pan y ese  poquito de vino;

Cuando se piensa que eso  puede ocurrir, porque están faltando las vocaciones sacerdotales; y que cuando  eso ocurra se conmoverán los cielos y estallará la tierra, como si la mano de  Dios hubiera dejado de sostenerla; y las gentes aullarán de hambre y de  angustia, y pedirán ese Pan, y no habrá quien se los dé; y pedirán la absolución  de sus culpas, y no habrá quien las absuelva, y morirán con los ojos abiertos  por el mayor de los espantos;

Cuando se piensa que un  sacerdote hace más falta que un rey, más que un militar, más que un banquero,  más que un médico, más que un maestro, porque él puede reemplazarlo a  él;

Cuando se piensa que un  sacerdote cuando celebra en el altar tiene una dignidad infinitamente mayor que  un rey; y que no es ningún símbolo, ni siquiera un embajador de Cristo, sino que  es Cristo mismo que está allí repitiendo el mayor milagro de Dios;

Cuando se piensa todo  esto, uno comprende la inmensa necesidad de fomentar las vocaciones  sacerdotales;

Uno comprende:

El afán con que en tiempos antiguos, cada familia  ansiaba que de su seno brotase, como una vara de nardo, una vocación  sacerdotal;

Uno  comprende el inmenso respeto que los pueblos tenían por los  sacerdotes, lo que se reflejaba en las leyes;

Uno  comprende que el peor crimen que puede cometer alguien es impedir  o desalentar una vocación;

Uno  comprende que provocar una apostasía  es ser como Judas y vender a Cristo de  nuevo;

Uno  comprende que si un padre  o una madre obstruyen la vocación sacerdotal de un hijo, es como si renunciaran  a un título de nobleza incomparable;

Uno  comprende que más que una Iglesia, y más que una escuela, y más  que un hospital, es un seminario o un noviciado;

Uno  comprende que dar para construir o mantener un seminario o un  noviciado es multiplicar los nacimientos del Redentor;

Uno  comprende que dar para costear los estudios de un joven  seminarista o de un novicio  es  allanar el camino por donde ha de llegar al altar un hombre, que durante media  hora, cada día, será mucho más que todas las dignidades de la tierra y que todos  los santos del cielo, pues será Cristo mismo, santificando su Cuerpo y su  Sangre, para alimentar al mundo...

 

 

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