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El Espíritu Santo
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad; pero... ¿qué es la Trinidad? Es Dios mismo, que es uno solo, pero que a la vez y sin dejar de ser uno es tres personas; el Padre , que es el que crea; el Hijo , que es quien nos salva; y el Espíritu Santo , quien nos ilumina; pero a la vez el que crea también es el Hijo y el Espíritu Santo, y el que nos salva también es el Padre junto con el Espíritu, y este viene del Padre y del Hijo, pero es Dios y viene sobre el Hijo, pero el Hijo es quien lo envía, pero también el Padre envía al Espíritu Santo y al Hijo y el Hijo viene del Padre y va al Padre, pero es uno con el Padre y el Espíritu; y el Hijo viene a la tierra y luego vuelve al Padre, pero a la vez se queda con nosotros... y el Espíritu también esta... y el Padre también... ¿qué confusión no?
Nadie llega a entender del todo a Dios pues Dios es un misterio.
Entonces... ¿Quién es el Espíritu Santo?
Comencemos por lo negativo, por lo que el Espíritu NO es.
Hay muchas cosas que simbolizan al Espíritu Santo pero que no son Él, por ejemplo: la unción (1Jn. 2,20), con ella recordamos que el Espíritu nos es dado por medio del Santo Crisma en el sacramento de la confirmación; Cristo, que significa ungido , fue llamado así por la presencia del Espíritu en Él. Otro símbolo es el fuego (Hch.2, 1-4), aquel que recordamos mas en la vigilia de Pentecostés, el fuego es quien purifica y hace nuevas las cosas, tiene la fuerza y la energía de transformar. Además también podemos simbolizar al Espíritu Santo con una paloma (Mt. 3, 16), este tal vez sea el símbolo que mas utilizamos para representar al Espíritu y nos recuerda que nosotros también, al igual que Jesús, hemos recibido por el Bautismo al Espíritu Santo.
Pero... ¿Quién es el Espíritu Santo?
Primero tenemos que decir que es Dios, tan Dios como el Padre y el Hijo, y tan unidos están que forman una unidad indivisible pero sin confundirse. Luego podemos decir que el Espíritu Santo es el Amor que procede eternamente, desde siempre, del Padre y el Hijo (Rm. 5, 3-5)
Este Espíritu fue derramado sobre los apóstoles y María en Pentecostés, y desde allí, los apóstoles, con la fuerza de lo alto, comenzaron, como Iglesia, a cumplir con la misión que el mismo Cristo les encomendó.
Nosotros recibimos este Espíritu Santo en el bautismo y por eso tenemos la misma misión que los apóstoles: ir por todo el mundo... anunciar el Reino.
Necesitamos del Espíritu Santo para esta misión “ pues del mismo modo que el trigo seco no puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan, si antes no es humedecido, así también nosotros, que somos muchos, no podíamos convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús, sin esta agua que baja del cielo. Y, así como la tierra árida no da fruto, si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiéramos dado el fruto de vida, sin esta gratuita lluvia de lo alto.”
El Espíritu es quien impulsa a la Iglesia a ser solidaria con los demás, pues nos hace ver la necesidad de los otros y a la vez nos abre el corazón para saber que no podemos quedarnos de brazos cruzados, que debemos salir y ser para los demás signos del amor de Dios presente entre nosotros .
