1. No tengo tiempo
“No tengo tiempo”. He aquí una de las explicaciones, una de las disculpas más frecuentes a la hora de eludir o de explicar la falta de entrega específica a eso que llamamos “oración”. Hoy, zarandeados por un mundo hecho de ajetreo y prisa, resulta muy difícil convencer para que se dedique un mayor tiempo a la oración. Para muchos la relación directa con Dios va perdiendo su sentido.
Si realmente queremos ver al Señor al trasluz de cada persona, de cada cosa criada, de cada situación, tendremos antes que conocerle en directo, de cerca. Tendremos que situarnos lo más cerca posible del misterio de Dios. Y ninguna tan próxima como la que se logra estando “ muchas veces... con quien sabemos nos ama”.
De la tarta de las 24 horas, unos podrán dedicarle más, otros menos. Lo importante es que nuestra atención, habitualmente dispersa respecto del amor de Dios hacia nosotros, pueda –aunque no sea más que por algunos minutos- hacerse atención total y plena.
2. Ratos de oración y vida de oración
Sigue siendo imprescindible que de vez en cuando podamos pensar en Dios viendo, sencillamente, nuestra actividad concreta de cada momento dentro de la relación de nuestra vida de fe. En realidad nuestra vida cristiana no es otra cosa sino nuestra misma vida humana iluminada por la fe.
3. Orar en y con nuestras acciones
Cierto que los tiempos de oración requieren tranquilidad. Por eso nos dice Cristo que nos retiremos a nuestra habitación y cerremos la puerta cuando oremos. Pero si este “retirarnos” lo convertimos en valor absoluto, llegaríamos a la conclusión de que sólo en los rincones podemos entablar diálogo con Dios. Suposición de la que ya se reía Santa Teresa de Jesús diciendo que “hasta en los pucheros anda el Señor” .
Tampoco hay que pensar que esta unión con Dios lograda en soledad sea como un “cargar las pilas”. Este tiempo de oración ha de acostumbrarnos y capacitarnos para encontrar a Dios, para entablar nuestro diálogo amoroso con Él, tanto en la actividad como en el descanso, en el ruido como en el silencio. La esencia de la oración no es el silencio, sino el amor.
Nuestros lugares de encuentro con Dios
1. Nuestra propia existencia
Nuestra oración no sólo no tiene que ser algo añadido, como un postizo, a nuestra existencia, sino que debemos convencernos de que ha de ser nuestra misma existencia el lugar de cita, el molde y forma de nuestra oración. Nuestro orar ha de provenir de nuestro vivir ser un trozo del mismo, desembocar en él. No debemos caer en la trampa de tratar con Dios a “ratos”, ya que quien ama, no ama “por horas”.
EVITAR que nuestra oración esté desconectada de nuestra vida. No seremos juzgados por la suma de ratos de oración que hicimos bien, regular o mal; sino por el amor a Dios y al prójimo por Dios que hayamos demostrado en todo tiempo y lugar.
2. La mirada hacia el hermano
El amor a Dios es la fuente y el término final de todo amor. Pero el amor al prójimo es la prueba y el signo de nuestro amor a Dios (1Jn 3,14; 4,20)
El encuentro con Dios en el prójimo nos lleva, por un lado, al compromiso de un amor concreto y eficaz hacia él. Especialmente hacia el prójimo más necesitado con el que Cristo ha querido identificarse de una manera especial (Mt 25,31-46). Compromiso que olvidamos y camuflamos con frecuencia.
Al mismo tiempo este amor al prójimo puede ser expresado en una “oración de mirada fraterna ”, en la calle, en el peregrino, en el extranjero...
3. Nuestra sociedad y nuestro mundo
La conciencia de la presencia de Dios en la historia y en el mundo nos ha de llevar a saber descubrirlo y a relacionarnos con Él -esto es orar- desde las mismas realidades.
En la oración escuchamos la Palabra de Dios que nos pide acción, trabajo, servicio del Reino. Y, esto no de un modo abstracto. El servicio que tenemos que prestar se encarna en el “hoy y aquí” de cada época y de cada lugar.
ORAR DESDE NUESTRO BARRO
1. Orar en todas las circunstancias
La oración consiste en vivir en la presencia de Dios aceptando cada realidad de nuestra vida, sin pretender jamás estar inmerso en realidades ideales para tenerla. Dios se nos comunica siempre. Está velado tras cada episodios que nos acontezca y hemos de ser capaces de descubrirlo a su trasluz. Para llegar a Dios o para que El llegue a nosotros hemos de aceptar los caminos que El elija. Caminos que son diversos de los nuestros (Is 55,8-9) pero siempre justos y rectos, llenos de misericordia y de fidelidad.
Nunca debemos olvidar que la oración de cada día estará hecha del mismo barro que está hecho el cada día de nuestra vida.
2. O rar desde cada etapa de nuestra existencia
Quien sabe orar con sinceridad, se va haciendo capaz de aceptarse a sí mismo como don, presencia y llamada de Dios. Acepta con el realismo de la fe las cualidades y sus defectos. Las luces y las sombras de lo que realiza. Se convence experiencialmente de que todo colabora para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28).
3. Saber orar el día a día
Como en toda oración, siempre será el Espíritu quien nos enseñe a orar lo cotidiano... Por nuestra parte debemos:
* Vivir la propia vida en clave de fe.
* Tratar de ir interpretando todo cuanto nos suceda o suceda a nuestro lado en esa misma clave para que no vaya por un lado nuestra religiosidad y por otro nuestra vida.
* Creer, ver, juzgar, actuar y... confiar. Procurando, ya desde ese mismo momento dar hondura, lograr que tenga calado, hasta el acontecimiento más insignificante de nuestro vivir diario. Para ello nada mejor que borrar esa superficialidad con que habitualmente leemos la prensa, escuchamos la radio, vemos la televisión o tratamos con la gente.
Síntesis de la Revista “Orar”nº 51
Editada en Burgos-España
por los Frailes Carmelitas Descalzos
Oración
* Ambientación
- Cantamos:
Busca el silencio,
ten alerta el corazón,
calla y contempla.
Silencio... orar el día bajo la mirada de Jesús.
Delante del Sagrario
Señor, no sé qué hago aquí...Nada, pues nada sé hacer... Quisiera rezar..., no sé, pero no importa..., no rezo porque no sé.
Señor, no sé qué hago aquí, pero estoy contigo..., me basta, y yo sé que estáis aquí, delante de mí...
Señor, quisiera veros... pero ¿hasta cuándo, Señor?... ¿y mientras tanto?... ¿Cómo podré resistir?... Soy débil, soy flojo, soy pecado, soy nada... Pero, Señor, quisiera veros, aunque sé que no lo merezco.
Hno. Rafael
Obras Completas
Ed. Monte Carmelo, p. 915
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