OBJETIVO:
Presentar a los padres la importancia de retirarnos, tomando a Jesús como ejemplo que se retiraba a orar. ¿Nosotros nos retiramos a reflexionar en común-unión con Dios?
LECTURA: Mateo 14, 23 Jesús se retira a orar
CHARLA:
Un retiro de oración es un descanso espiritual, es un paréntesis en la vida de cada día, es un tiempo para dialogar con Dios, es un trabajo desde la fe hacia la renovación de la vida personal, de la vida familiar, y social.
El retiro da prioridad a momentos de meditación y de oración personal, orientados a través de introducciones en las que se presentan esquemas y pautas de meditación. El ambiente de recogimiento y de silencio acompaña la mayor parte del día para que el orden y la paz exterior ayuden a lograr la serenidad y a la paz interior necesarias para vivir estos momentos.
El vivir y compartir la eucaristía comunitaria ocupa el lugar central de un retiro. Es el momento más significativo. También hay ratos dedicados al encuentro entre los integrantes, desarrollando trabajos en grupos. Por ello es indispensable estar presentes desde el principio hasta el final. La tarea principal en un retiro es la meditación y la oración personal. Esta tarea exige un clima de recogimiento y de silencio, menos en las comidas y un rato de descanso que sigue a las comidas. Sobre la marcha iremos indicando las diversas actividades y la metodología propia de cada una.
Tenemos necesidad de un día de retiro?
Sí. Todos hemos sentido la necesidad de un día de retiro; lejos de las complicaciones diarias, que nos hacen superficiales y nos desorienta. Todos necesitamos un tiempo para dialogar con Dios. Es el mismo Cristo el que nos invita a hacerlo de verdad. La iniciativa es suya.
Mateo 14, 23 Jesús se retira a orar.
“Una vez que los despidió, subió solo a un cerro a orar. Al caer la noche, estaba allí solo.”
Realizado el milagro de la multiplicación de los panes y despedida la gente, Jesús se retira para estar a solas y dedicarse a la oración. Este apartarse de Jesús, este buscar la soledad para entregarse a la oración lo vemos repetidas veces en distintos pasajes del Evangelio.
No se trata de “hablar de Dios” ni de “pensar en Dios”, sino de “hablar con Él”. La oración es buscar a Dios, es ponernos en contacto con Dios, es encontrarnos con Dios, es acercarnos a Dios. Orar es llamar y responder. Es llamar a Dios y es responder a sus invitaciones. Es un diálogo de amor.
La oración no la hacemos nosotros solos, es el mismo Dios (sin que nos demos cuenta) el que nos transforma, nos cambia. Podemos preguntarnos, ¿cómo? Aclarando nuestro entendimiento, inclinando el corazón a comprender y a gustar las cosas de Dios.
La oración es dialogar con Dios, hablar con Él con la misma naturalidad y sencillez con la que hablamos con un amigo de absoluta confianza. Dios nos invita a todos a orar, a conversar con Él de lo que más nos interesa. La oración no necesita de muchas palabras, Dios sabe lo que necesitamos antes de que se lo digamos. Por eso, en nuestra relación con Dios basta decirle lo que sentimos.
Se trata de “hablar con Dios” y no de “hablar de Dios” ni de “pensar en Dios”. Se necesita hablar con Dios para que nuestra oración tenga sentido y no se convierta en un simple ejercicio de reflexión personal.
El tiempo que nosotros dediquemos a la oración no es un tiempo perdido, sino que es tiempo ganado. La oración no puede ser en nuestra vida algo secundario o de menor importancia; por eso, al organizar las horas de nuestros días, comencemos reservando algunos minutos para dedicarlos única y exclusivamente a la oración; que nada ni nadie sea más importante en nuestro día, en nuestra vida, que la oración al Padre que está en los cielos.
Todas las personas nos quejamos de que no tenemos tiempo para nada. Miramos nuestras vidas con ojos tremendamente humanos. Jamás podrá faltarnos tiempo para hacer lo que Dios nos pida.
Señor, he salido a la puerta y afuera había hombres: Iban, venían, marchaban, corrían.
Las bicicletas corrían, los autos corrían, los camiones corrían, la ciudad corría.
Corren para no perder tiempo, persiguiendo el tiempo, corren para atrapar el tiempo, para ganar tiempo.
Hasta luego, Señor, perdóname, no tengo tiempo. Volveré otro día, no puedo esperar, no tengo tiempo.
Me hubiera gustado ayudar a mi hermano, pero no tenía tiempo. Imposible aceptar, me falta tiempo.
No puedo reflexionar, no puedo leer, me veo desbordado, me gustaría rezar, pero… no tengo tiempo.
Vos comprendes, Señor, no tenemos tiempo.
Cuando somos chicos tenemos que jugar y nos queda tiempo para rezar.
Cuando estamos en la escuela, tenemos que hacer los deberes, no tenemos tiempo.
Ya adolescentes, en la secundaria tenemos clases y tanto trabajo, que no tenemos tiempo... más tarde.
De jóvenes, tenemos la facultad, hacemos deporte, y nos sigue faltando el tiempo; más tarde Señor… en otro momento.
Estamos recién casados, tenemos nuestra casa, hay que arreglarla, y sabes que? Otra vez no tenemos tiempo... más tarde Señor, vos podes seguir esperando.
Ahora ya somos padres de familia, tenemos nuestros hijos, esas bendiciones que vos nos entregastes, pero… no tenemos tiempo... más tarde.
Cuando somos mayores, nos enfermamos y tenemos que cuidarnos, no tenemos tiempo... más tarde.
Estamos agonizando, Señor. ... ¡Demasiado tarde! ¡Ya nunca tendremos tiempo!
Así los hombres corremos persiguiendo el tiempo, Señor, pasamos sobre la tierra corriendo, apresurados, atropellados, enloquecidos, desbordados sin llegar a nada jamás, porque nos falta tiempo, a pesar de todos los esfuerzos, nos falta un horror de tiempo.
Señor, ayúdanos a hacer silencio, queremos escuchar tu voz. Necesitamos contemplar tu rostro, nos hace falta la calidez de tu voz, caminar juntos, y callar... callar para que hables vos.
Nos ponemos en tus manos, queremos revisar nuestras vidas, descubrir qué tenemos que cambiar para acercarnos mas a vos, afianzar lo que anda bien, y sorprendernos con lo nuevo que nos pedís.
Queremos sentir tu presencia en medio de nosotros. La de un Jesús que se presenta como liberador de la miseria y de las limitaciones personales: de la ceguera, de la enfermedad, de la lepra, de la muerte, de la pobreza... Preguntándonos, buscando dentro de nosotros mismos, ¿De qué necesitamos liberarnos?, ¿Cuáles son nuestras oscuridades, nuestras parálisis, nuestras lepras, nuestras sorderas?
Siempre que buscamos a Dios en nuestras ideas, en una explicación razonable de la realidad o intentando descubrir el sentido del universo... siempre terminamos con muchas dudas, porque Jesús es, precisamente, la presencia de Dios en la vida humana. Un hombre entre los hombres, un Dios humano.
Jesús va buscando a la gente. Esta atento a todas las circunstancias. Porque está plenamente abierto a los otros y con iniciativa.
“Zaqueo, baja deprisa, que hoy he de alojarme en tu casa" dice Jesús. Lo llama por su nombre. Dios pronuncia nuestros nombres y nos invita a comer, a alojarse en nuestras casas, en nuestras vidas, nos invita a la intimidad. Pensemos… En mi vida, ¿qué encuentros tuve con Jesús?, ¿dónde lo veo presente?
Recordemos que nuestro Dios es un Dios de personas, Abraham. Isaac... Rosa, Alex... Un Dios de personas que se encuentra en la vida más que en las ideas. Personas que tenemos una sola historia, llena de caminos, de altos y bajos, de descubrimientos, de dolores y sorpresas. Personas que tenemos un único destino que conocemos desde la fe, una plenitud eterna con Dios.
Pero, el ser único que es cada persona ¡es tan variable y diverso!. Somos capaces de conocer tantas cosas, de relacionar, de deducir, de crear... Somos capaces de amar, de compartir, de comunicar, de hacer el bien... y también de odiar, de arruinar, de destruir... ¡Somos tan variables!. Es preciso que tomemos conciencia de quienes somos.
Somos personas en las que se manifiesta Dios y sólo cada uno puede saber cómo es ese encuentro personal con Dios.
Dios está en nosotros perdonando. Lo que nadie sabe, lo que nadie perdonaría, eso, Dios sí que lo perdona. En el perdón que El ofrece, el mal deja de existir aunque las consecuencias puedan continuar.
Nos comprende. Tal vez, en el fondo, nadie nos entiende, pero Dios sí. Sabemos que El conoce lo más escondido de nosotros, aquellos porqués tan oscuros, tan misteriosos para nosotros mismos.
Dios nos acompaña, en las horas buenas y en las dolorosas. Y su compañía ha sido así durante toda nuestra vida. Es el amigo, el confidente, el Padre, el puntal, la presencia profunda y continua.
El nos ama. El amor es la dimensión más significativa de Dios; es lo que lo define. No es un amor abstracto, etéreo, indefinido; es un amor concreto, personal, relacionado, dialogante; se llama Jesús. Somos personas amadas por El, no un número.
El es quien nos llama, para que su Palabra y su acción no queden estancadas. Todo lo contrario, que corra hacia un mundo justo, el Reino de Dios.
Sabes Señor, sí, tenemos tiempo, tenemos todo el tiempo que vos nos das, los años de nuestras vidas, los días de nuestros años, las horas de nuestros días. A nosotros nos toca llenarlas, hasta los bordes para luego ofrecértelas y que de su agua desabrida Vos hagas un vino generoso como hiciste para la boda en Caná.
Por eso en este día, Señor, no te pedimos el tiempo de hacer esto o aquello y lo de más allá, te pedimos solamente, la gracia de hacer bien a conciencia, lo que vos queres que hagamos en el tiempo que nos das.
Pensemos, meditemos… ¿Qué vinimos a buscar en este encuentro?, ¿Nosotros buscamos a Dios?
La pareja, el matrimonio, la familia, son realidades fundamentales en la vida de la mayor parte de los cristianos. Se implican profundamente en la vida personal. Las grandes alegrías, amores y sentimientos humanos están normalmente relacionados a la vida de la pareja y de la familia.
Reflexionemos sobre nuestras familias.
Equipo de Retiros Capilla Niño Jesus (Chaco - Argentina)
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